El aviso entra por cuatro sitios
Uno llama a la oficina, otro escribe por WhatsApp, otro manda un correo y otro llama directamente al técnico que le cae bien. Solo uno de esos cuatro deja rastro.
Empresas de climatización, frío industrial y mantenimiento de instalaciones. Entre la llamada del cliente y el cobro hay una cadena larga, y cada eslabón que se lleva a mano es un día más de retraso y un poco de margen que se pierde.
Empresas de climatización, frío industrial y mantenimiento de instalaciones. Entre la llamada del cliente y el cobro hay una cadena larga, y cada eslabón que se lleva a mano es un día más de retraso y un poco de margen que se pierde.
Uno llama a la oficina, otro escribe por WhatsApp, otro manda un correo y otro llama directamente al técnico que le cae bien. Solo uno de esos cuatro deja rastro.
Quién va mañana a cada sitio lo sabe una persona. Si esa persona se pone enferma, el día se complica de verdad.
Mientras el parte no llega a la oficina y alguien lo pasa a mano, esa intervención no se factura. Y el parte llega cuando llega.
El equipo, el gas o la pieza que se gastó en una intervención se repercute si alguien se acuerda de apuntarlo. Cuando no, lo pagas tú.
Los contratos, las revisiones periódicas y las renovaciones los controla una hoja de cálculo que revisa una persona. Es el negocio más previsible que tienes y es el que más fácil se escapa.
Cuando el cliente pregunta qué se le hizo a su máquina hace ocho meses, empieza una búsqueda por correos, partes y memoria.
Cada paso que se lleva a mano es un día más hasta la factura.
Entra por teléfono, WhatsApp, correo o directamente al móvil del técnico.
Alguien va a ver qué pasa. A veces se resuelve ahí; a veces hay que presupuestar.
Se prepara, se manda y empieza la espera.
Se pide el equipo o la pieza y hay que saber para qué aviso era.
Se encaja en el hueco de un técnico, entre las urgencias del día.
El técnico va, lo resuelve y documenta lo que ha hecho.
Llega a la oficina y alguien lo pasa al sistema.
Se emite con lo que diga el parte: horas, desplazamiento y material.
Y el seguimiento de lo que no se ha cobrado, que también es trabajo.
Y volver a empezar dentro de seis meses, si alguien lo tiene apuntado.
Cuatro canales sin registro común significan que nadie sabe cuántos avisos abiertos hay hoy. Ni tú.
Es el cuello de botella real del sector. Todo el trabajo está hecho y facturable, y está esperando a que un papel cruce la ciudad.
El margen de una intervención se decide en lo que se repercute. Lo que no se apunta, no se cobra.
Los contratos recurrentes son ingresos que ya tienes. Cuando se controlan a mano, se renuevan tarde o no se renuevan.
Una cámara frigorífica parada no es una incidencia: es producto perdido y un cliente llamando cada media hora. Y cuando llega la primera ola de calor, los avisos de una semana entran en dos días. Un sistema que aguanta un martes de febrero puede no aguantar un lunes de julio.
No hace falta empezarlo todo a la vez. Se ordena por lo que más te esté costando hoy.
No necesariamente. Muchas veces el problema no es el programa de facturación, sino que entre el técnico y ese programa hay un papel. Si tu sistema actual puede recibir esa información, lo conectamos y lo dejamos como está. Si no puede, te lo decimos.
Lo mínimo posible, y esa es una condición del proyecto, no un detalle. Si lo que se les pide en el cliente es más trabajo del que hacen ahora, no lo van a usar y da igual lo bien que esté montado.
Sí. Es uno de los sitios donde más se nota: qué instalación toca, cuándo, a quién se le asigna y qué se hizo la vez anterior. La periodicidad y los requisitos concretos que deba cumplir tu instalación los marca la normativa aplicable y tu propio criterio técnico; nosotros montamos el sistema que hace que no se olvide.
Se tiene en cuenta al diseñarlo. Un sistema pensado solo para el ritmo normal se atasca justo el mes en el que más falta hace.
Sin tecnicismos y sin compromiso: nos explicas cómo va el proceso y te decimos qué conviene ordenar primero.